La producción artística de Diego Urquijo se sitúa en un territorio de tensión donde convergen la descomposición social, la crisis existencial contemporánea y el impacto creciente de la tecnología en la vida humana. Su obra no solo representa una mirada crítica, sino que actúa como un dispositivo de reflexión que pone en evidencia las fracturas que atraviesan al sujeto en el mundo actual.

A lo largo de su trayectoria, Urquijo ha desarrollado una práctica híbrida que integra técnicas tradicionales como la pintura y el dibujo expandido, con herramientas tecnológicas como el mapping de espacios y la animación digital. Esta convergencia no es meramente formal, sino profundamente conceptual: sus intervenciones transforman el espacio físico en escenarios simbólicos donde el espectador se ve inmerso en una narrativa que cuestiona su propia condición.

En este contexto, la obra del artista emerge como un espejo de la crisis contemporánea. La sociedad que retrata está atravesada por múltiples formas de violencia: la inseguridad, la competencia exacerbada, la pobreza y la alienación. Estas condiciones generan un estado de angustia generalizada que se manifiesta tanto en lo psíquico como en lo corporal, configurando una experiencia del mundo marcada por la fragmentación y el desarraigo.

Uno de los ejes centrales de su trabajo es la relación entre tecnología y subjetividad. En sus planteamientos, las pantallas —ya sean televisores, computadores u otros dispositivos— no solo median la experiencia, sino que comienzan a sustituir dimensiones fundamentales de lo humano como la palabra, el pensamiento y la reflexión. Este desplazamiento sugiere una transformación profunda en la manera en que el ser humano se relaciona consigo mismo y con su entorno.

La progresiva desaparición de la experiencia corporal y emocional, reemplazada por una lógica de inmediatez y virtualidad, configura un escenario en el que los límites entre lo real y lo ficticio se diluyen. En este sentido, Urquijo propone una visión donde el “vivir en línea” no es solo una práctica cotidiana, sino una condición existencial que redefine las formas de habitar el mundo.

Esta realidad, cercana a lo distópico, plantea la emergencia de una sociedad marcada por el control, el individualismo y la deshumanización. La tecnología, lejos de ser neutral, se presenta como una fuerza ambivalente que, si bien amplía las posibilidades de creación y conexión, también puede conducir a procesos de alienación y pérdida de sentido.

La obra de Urquijo transita lo poético en su complejidad, también abre un espacio para la pregunta, para la incertidumbre y para la toma de conciencia. Al involucrar al espectador en sus instalaciones, el artista lo convierte en un agente activo dentro de la obra, invitándolo a confrontar sus propias percepciones, emociones y contradicciones.

En este cruce entre lo digital y lo físico, entre lo humano y lo no humano, la práctica artística de Diego Urquijo se posiciona como una exploración profunda de las condiciones contemporáneas de existencia. Su trabajo no ofrece respuestas definitivas, pero sí plantea interrogantes urgentes sobre el presente que habitamos y el futuro que estamos construyendo.