¿Construimos nuestra identidad o transformamos la conciencia desde la cual la construimos?
Por Diego Alejandro Restrepo Urquijo
La libertad ha sido una de las grandes preocupaciones de la filosofía. Desde la antigua Grecia hasta el existencialismo del siglo XX, la pregunta ha permanecido abierta: ¿qué significa ser verdaderamente libre? Durante mucho tiempo la respuesta pareció girar alrededor de la voluntad y de la capacidad de elegir. Sin embargo, quizá exista una cuestión aún más fundamental: ¿desde dónde nacen nuestras decisiones?
Este ensayo propone pensar la libertad desde una perspectiva distinta a la tradición existencialista. Más que entenderla únicamente como la capacidad de elegir entre distintas posibilidades, propone comprenderla como la transformación progresiva de la estructura de conciencia desde la cual emergen nuestras decisiones. Si esta hipótesis es válida, entonces la libertad no consiste solamente en decidir, sino en transformar el lugar interior desde el cual toda decisión se hace posible.
Esta diferencia, aunque sutil, modifica profundamente la manera de comprender la identidad, la responsabilidad y el sentido mismo de la existencia.
Más allá de la decisión
Con frecuencia imaginamos que nuestras decisiones nacen de un yo racional capaz de evaluar objetivamente las distintas alternativas. Sin embargo, basta observar nuestra propia experiencia para advertir que muchas elecciones parecen repetirse una y otra vez. Cambian las circunstancias, pero persisten los mismos miedos, los mismos vínculos, los mismos conflictos y, en ocasiones, los mismos fracasos.
Podría decirse que no decidimos únicamente desde la razón consciente. Nuestras decisiones parecen surgir de una estructura mucho más profunda, configurada por la historia personal, la educación, la cultura, las emociones, la memoria y múltiples formas de aprendizaje que rara vez advertimos con claridad.
No se trata simplemente de una programación psicológica. Esa expresión resulta insuficiente porque reduce la experiencia humana a un conjunto de mecanismos. Tal vez sea más preciso hablar de una estructura de conciencia: una forma de organizar la experiencia desde la cual interpretamos el mundo, otorgamos significado a los acontecimientos y respondemos a ellos.
La cuestión filosófica ya no sería únicamente qué decidimos, sino desde qué estructura de conciencia estamos decidiendo.
El diálogo con Sartre
Jean-Paul Sartre defendió una de las concepciones más radicales de la libertad. Su célebre afirmación de que la existencia precede a la esencia sostiene que el ser humano no posee una naturaleza predeterminada. Somos aquello que hacemos; nuestra identidad se construye mediante nuestras acciones.
Comparto con Sartre una convicción fundamental: el pasado no determina completamente nuestro futuro y cada persona posee la posibilidad de transformar su existencia.
Sin embargo, mi propuesta introduce una diferencia.
Sartre sitúa el origen de la libertad en la decisión misma. Aquí se propone pensar que la decisión no constituye el punto de partida, sino la manifestación visible de una estructura de conciencia que normalmente permanece oculta. Antes de cada elección existe una manera particular de comprender el mundo, de percibir las posibilidades y de otorgar sentido a la realidad.
En consecuencia, la libertad quizá no consista únicamente en construir una identidad mediante nuestros actos. Consista también en transformar la estructura de conciencia desde la cual esos actos emergen.
No solo construimos quienes somos.
También transformamos el modo desde el cual llegamos a ser.
Una conversación con otras tradiciones
Esta intuición encuentra resonancias parciales en diversos pensadores.
Carl Gustav Jung mostró que gran parte de nuestras decisiones está influida por procesos inconscientes. Su obra permitió comprender que el yo consciente constituye apenas una pequeña parte de la vida psíquica. Sin embargo, el objetivo aquí no consiste únicamente en integrar el inconsciente, sino en comprender cómo la conciencia puede reorganizar la estructura desde la cual el inconsciente mismo adquiere sentido.
Baruch Spinoza sostuvo que creemos ser libres porque conocemos nuestros deseos, pero ignoramos las causas que los producen. Su análisis revela con enorme claridad la complejidad del determinismo. No obstante, esta propuesta introduce otra posibilidad: la conciencia no solo comprende las causas; también puede modificar progresivamente la forma en que esas causas continúan actuando en nuestra existencia.
Algo semejante ocurre con diversas tradiciones orientales. El hinduismo y el budismo hablan de trascender el ego cotidiano para acceder a una comprensión más profunda del ser. Aunque estas perspectivas ofrecen intuiciones valiosas, este ensayo no pretende fundamentarse en una doctrina religiosa determinada. La pregunta permanece abierta: ¿puede la conciencia transformarse de tal manera que modifique el horizonte desde el cual surge nuestra experiencia del mundo?
Transformar la conciencia, transformar las circunstancias
Si la estructura de conciencia cambia, cambian también las decisiones.
Y cuando las decisiones cambian de manera consistente, las circunstancias comienzan lentamente a transformarse.
Esto no significa que la conciencia modifique directamente la realidad exterior, como sostienen algunas interpretaciones simplificadas de ciertos discursos espirituales. Las circunstancias no cambian por un acto de pensamiento ni por una supuesta influencia «cuántica» de la mente sobre el universo. Hasta el momento no existe evidencia científica que respalde esa afirmación.
La transformación ocurre de otra manera.
Al modificarse la estructura desde la cual comprendemos el mundo, cambian nuestras prioridades, nuestras relaciones, nuestras acciones y nuestras respuestas frente a la realidad. Son esas nuevas formas de actuar las que, con el tiempo, reorganizan las circunstancias de la vida.
La conciencia no sustituye la acción.
La hace posible desde un lugar distinto.
Una libertad entendida como proceso
Quizá la filosofía haya planteado durante demasiado tiempo una falsa alternativa: o construimos completamente nuestra identidad, como sostiene el existencialismo, o descubrimos una esencia oculta que siempre estuvo allí.
Tal vez exista una tercera posibilidad.
La identidad no es una esencia fija ni una creación absolutamente arbitraria. Es un proceso dinámico que se configura a medida que la estructura de conciencia se transforma. Cada decisión participa en esa construcción, pero también revela el grado de conciencia desde el cual ha sido tomada.
Desde esta perspectiva, la libertad deja de entenderse únicamente como la facultad de elegir.
Se convierte en la capacidad de transformar la estructura desde la cual toda elección adquiere sentido.
Quizá allí resida la diferencia entre vivir reaccionando al pasado y comenzar, verdaderamente, a crear el futuro.
Corrección de estilo y edición
ChatGPT (OpenAI), bajo la dirección y revisión del autor.

